lunes, 16 de abril de 2007

A fuego lento

Por supuesto, Olaf no tenía que estar ahí, acostado en ese camastro de ese compartimiento, pero estos son los hechos.
El compartimiento en sí era una peculiaridad del buque: estaba en la cubierta "C" de pasajeros, la más baja, casi al nivel de la línea de flotación, donde era usual que las olas llegaran a tapar los ojos de buey de los camarotes, pero separado de estos por un mamparo. Inútil para pasajeros por su falta de servicios, era estanco, cerrado por una pesada compuerta de seguridad y tan próximo a la proa que el agua de mar de la estela era casi lo único visible por el único ojo de buey. Tenía un gemelo en la banda de estribor, ambos tal vez producto de un presupuesto inflado. Los llamaban "las celdas del Sundance".
Olaf había sido descubierto por el segundo oficial durmiendo durante su guardia en la sala de máquinas. En el Sundance de la Bahamas Nordic Lines, navegando por el Báltico en invierno, rumbo a un dique seco de Suecia para hacer una limpieza de casco, cerca de los motores era el único lugar lo suficientemente cálido como para dormir cómodo. Al segundo oficial Rasmussen esta explicación no lo satisfizo, así que mandó a Olaf a limpiar las chimeneas, donde seguramente el frío, aproximadamente diez grados bajo cero marcaba el termómetro, y las rachas de viento no lo dejarían dormir.
Viejo lobo de mar, Olaf, sabiendo que Rasmussen no saldría a cubierta con ese clima, tomó una decisión. La última de su vida: se metió en la "celda" de babor, trabó la puerta y se acostó a dormir.
No lo despertó la explosión (ruidos fuertes se escuchan todo el tiempo en un barco vacío), si no la reverberación apenas audible que la siguió. La temperatura se hizo repentinamente soportable, hasta agradable. Dándose cuenta de lo extraño de la situación, Olaf corrió hacia la escotilla. Cuando la tocó, estaba sospechosamente cálida.
- ¡Mierda! -, dijo Olaf, mientras por su cabeza pasaban los horribles relatos de incendios en barcos y su pulso se aceleraba. Con las manos mojadas, empezó a girar la rueda que accionaba las trabas de la escotilla.
Goteando transpiración (por suerte), abrió la compuerta de un tirón.
Vio un relámpago de luz naranja y negra y azul. Y ya no vio más.
Oyó el rugido del aire caliente entrando en el camarote.
Sintió el impacto de algo caliente que lo rodeaba, que le empujaba la cara.
Olió su pelo chamuscado. El humo entró en sus pulmones y dejó de oler.
Saltó hacia atrás por reflejo, pataleando y manoteando para cerrar la puerta. Un talonazo afortunado bastó.
Se arrastró bajo el camastro y ahí quedó acurrucado en posición fetal, tosiendo, agregando humo a la atmósfera con cada exhalación. El corazón corría una carrera frenética para explotar al máximo el escaso oxígeno que pasaba de los pulmones a la sangre.
Pensado para el Caribe, la calefacción del Sundance no era su fuerte, pero la ventilación era excelente y hacía tiempo que el termostato ya la había activado, contra todo protocolo de seguridad. En unos minutos ya no había humo en la "celda". Tampoco en los pulmones de Olaf, que lentamente recuperaba la calma.
Un dolor intenso le atenazaba la cara y las manos y ahora empezaba a oler a carne quemada, dulce a través del agrio olor del pelo quemado.
Con un gemido, abrió los ojos...
Con un gemido, creyó abrir los ojos: el izquierdo estaba tapado por un coágulo de sangre, pus y piel quemada... El derecho chorreaba como gelatina sobre lo que había sido el pómulo, abriéndose paso por los párpados, que se habían apergaminado y abierto hacia arriba y hacia abajo. Curiosamente, la ceja izquierda estaba tan tupida como siempre.
La cara... ya no tenía cara.
Por suerte, Olaf estaba ciego y no podía verse. Ni tocarse: sus manos estaban despellejadas y era muy poco probable que las terminales nerviosas le transmitieran otra cosa que dolor. Las que no estuvieran calcinadas.
- ¡Dios mío! ¡No! - gimió Olaf. Sus lagrimales secretaron algo de frescura por el infierno de su cara.
Se arrastró hasta salir de abajo de la cucheta y, apoyándose con las manos sobre el colchón (lo que lo hizo gritar), consiguió levantarse.
El dolor lo aturdía. El olor lo mareaba.
La temperatura subía lenta pero constantemente. Parado en el medio del cuartucho, Olaf transpiraba cada vez más. Jadeaba, el aire le faltaba.
- ¡Maldita sea! ¿Por qué? ¿Por qué?
Perdida la orientación, con las manos hacia adelante, tanteando, se movió hacia la pared que no quería, en la que la pintura ya estaba ampollándose.
Apoyó las manos en la pared y siguió empujando. Ya no podía sentir más dolor. Al menos, no con las manos.
Se dio cuenta de que no iba en la dirección correcta porque se le hizo agua a la boca: carne asada.
- ¡Aaaarrrgggh! -. Gritando, corrió alejándose de la pared, tropezó con la cama y voló al otro lado del cuarto. El frío contacto con el frío metal que lo separaba del mar helado tranquilizó el golpeteo irregular de su pecho.
Lloró abundantemente, lo que no le sirvió de nada, pero lo ayudó un montón.
Oía como crepitaba la pintura al reventar las ampollas que se habían formado. Los ejes de los mecanismos de la puerta que pasaban al otro lado estaban brillando levemente rojos, con cierta belleza perversa, aunque esto Olaf nunca lo sabría.
El bamboleo del barco aumentó su frecuencia, señal de que aceleraba. El agua tapaba casi constantemente el ojo de buey.
"Por lo menos no reventaron las máquinas", pensó Olaf, consolándose un poco.
Lentamente, tambaleándose, volvió a pararse, con la espalda pegada a la pared. Dolorosamente, empezó a desvestirse. Las manos no le respondían, ni le daban señas confiables de lo que tocaban y tenía que sacarse. Por lo menos, los dos pullóveres, el buzo, el pantalón, el pantalón de jogging y el calzoncillo largo para estar cómodo. Las partes del cuerpo que las llamas no habían tocado ya se estaban enrojeciendo.
Para cuando terminó con la parte superior de la ropa y sólo tenía una remera, mientras se bajaba los pantalones hasta las rodillas, el Sundance comenzó a girar a estribor, inclinándose para ese lado.
Olaf rodó sobre su hombro y fue a dar con la espalda contra la escotilla.
La remera se prendió fuego inmediatamente. La espalda se le carbonizó, con los poros supurando desesperadamente líquidos que sólo alcanzaban a vaporizarse inútilmente. El grito debió haber atravesado tres cubiertas, pero era muy poco probable que hubiera alguien lo suficientemente desocupado como para oírlo.
Dios debía de estar desocupado, porque el Sundance giró a babor y al escorar envió a Olaf contra la pared exterior, desvanecido.
Giraban a toda máquina y las olas de proa tapaban el ojo de buey todo el tiempo. El metal hacía extraños ruidos al dilatarse.
Cuando Olaf despertó por segunda vez, toda su piel se estaba ampollando.
Deseó no haber despertado nunca. Gritó.
Gritó en tres idiomas pidiendo auxilio y en siete puteando. Y en sueco rezó y lloró.
Al fin, volvió a decidir, sin saber que ya lo había hecho.
A pesar de su estado lamentable, se paró y se dirigió orgullosamente, aunque tanteando, hacia la entrada.
Cuando sus manos tocaron la puerta, fue el siseo lo que le indicó que había llegado. Movió las manos paralelas a la escotilla hasta que encontró la rueda del mecanismo de apertura.
Su idea era aspirar una única y última bocanada de fuego que le abrasara los pulmones.
Junto valor y aferró fuertemente la rueda.
El siseo y el olor se volvieron insoportables. Olaf hizo una mueca monstruosa. El dolor llegó a su punto máximo.
Y la rueda no se movió...
Olaf la soltó con un grito.
Trató otra vez y nada. La carne de sus manos se estaba carbonizando.
- ¡Maldita puerta! ¡Maldito Dios! ¡A la mierda con todos! - Olaf gritaba y pateaba las paredes, la escotilla, la cama y todo otra vez, en una danza grotesca.
Patinó en el jugo que manaba de su carne y cayó sentado.
Rió.
Carcajada tras carcajada, no se tomaba tiempo ni para respirar.
Excitado.
Frenético, se sacó uno de los zapatos reforzados y con él en la mano voló más que corrió hacia el vidrio en el que el agua helada del Báltico golpeaba una y otra vez.
Uno.
Dos.
¡Tres! golpes.
El Sundance, a toda máquina, hundió la proa en una ola.
En ese momento, la sola diferencia de temperatura hubiera bastado para reventar el vidrio.
El agua entró a borbotones, a dos grados bajo cero de temperatura.
El corazón de Olaf se lanzó en una última y fugaz carrera. Oyó, todavía, como el agua se convertía en vapor.
Por supuesto, el paro cardíaco fue la una muerte menos cruel.
¿No te parece, Stephen?

Ariel
1990

6 comentarios:

  1. El incendio en el rompehielos Irizar me hizo acordar de este cuento que escribí para una clase guión en 1990.
    No es para nada bueno e intenta parodiar hasta cierto punto el estilo de Stephen King.
    Pero no iba poder sacarlo de mi cabeza hasta que lo expusiera...
    Perdón.

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  2. mira quien tiene blog!!! (?)

    pasate por el mio

    http://violadordelaley.blogspot.com

    o
    http://www.fotolog.com/violadordelaley


    je, seguro ya sabes quien soy!!

    saludos!!

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  3. Bienvenido, amigo anarco.
    Me diste una idea para hablar en algún momento, por la ultraviolencia: libros de ciencia ficción que impactaron fuera del género.

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  4. PLAGIO! A Fuego Lento es el nombre de uin tema de Rosana, la cantante española...ojito Ari, te pueden denunciar...jejejeje

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